jueves, 21 de octubre de 2010

El sacerdocio de Fernando por Ramón Tejada Holguín

Hubo una época en que vivíamos a la caza del buen jazz.

Del jazz como debe ser: en vivo.

Una pieza de jazz nunca se toca de la misma manera y cada interpretación tiene su encanto, su magia y su color.

Ese sabor único de lo efímero es, para mí y otros amantes del jazz, un placer indescriptible que sólo lo proporciona la música en vivo.

No es que no la había en nuestra amada ciudad capital.

Cierto que uno que otro músico allende los mares venía a transportarnos al nirvana momentáneo de un concierto en vivo. pero, a veces los presentaban en lugares incómodos y no preparados como salas de concierto, a veces a la acogedora Casa de Teatro y en ocasiones el motivo de la visita era algún festival. Era ese el momento en que se disfrutaba del que venía y de los músicos que aquí estaban, que servían o como teloneros o como parte de la banda. Pero, qué de buenos músicos de jazz tiene nuestra nación...

A veces en masa uno se movía para Puerto Plata, que allí toca Sandy, o que va Poncho Sánchez al Festival. En Casa de Teatro se hacía diversas presentaciones, pero me atrevo a decir que el asunto no era sistemático. Teníamos, como quien dice, casos aislados de buena música en vivo.

La verdad sea dicha: era difícil encontrar un lugar cualquier día de la semana, en cualquier mes, de cualquier año donde sentarse a oír cualquiera de las variantes del jazz.

Y mira que en este país hay músicos que son mejores ejecutores que algunos de los que vienen allende los mares.

De repente, allá por 2006, el jazz comenzó a ser más cotidiano, a convertirse en el necesario arroz blanco. Y el velo que ocultaba a los amantes de la improvisación y de cualquiera de las variantes del jazz se desgarró, o lo desgarró Fernando.

Y he aquí que nos llegan de las manos de Fernando y Jazz en Dominicana ofertas frescas y de calidad.

Sí, las opciones llovieron: todos los miércoles en Casa de Teatro, durante poco tiempo los martes en NuBar, los domingos en la noche en Pat´ e Palo, y los viernes de maravillas en el Sunset Jazz del Dominican Fiesta.

Fernando, gracias sean dadas a Dizzy Gillespie, asumió en algún momento de su vida que el jazz puede ser sacerdocio, y vaya que ha logrado una parroquia grande y armoniosa, con fervientes seguidores y un conjunto amplio de oficiantes.

2 comentarios:

Felipe Enmanuel Diaz Soto dijo...

Me declaro feligrés, hijo del Jazz, seguidor y devoto!

Como me bautizo?
:D

Erick dijo...

Oh I want to be in that number!!! When the saints go marching in!!!